¿Qué fabrica la televisión? ¿Qué interpretamos?

23 Feb

Los periodistas asumen la responsabilidad de informar a la sociedad, pero los ciudadanos son también  responsables a la hora de primar la información y dejarse sugestionar. Todos somos responsables de las consecuencias de la (des) información. Tengamos un poco de criterio.

¿Qué fabrica la televisión?

A través de los  medios de comunicación nos situamos dentro de la realidad común. Ellos construyen la esfera pública, deciden lo que nos afecta. De esa manera, estableciendo cada día la actualidad, los medios contribuyen al orden social que el poder quiere que quede interiorizado.  La televisión, sobre todo, vende estilos de vida. Bombardea al espectador con publicidad y casi la totalidad de su programación está condicionada y me atrevería a decir fabricada,  por los intereses capitalistas que más poder tienen en la industria cultural. Sí, nuestra sociedad industrializada, además de bienes, produce en serie modelos de vida, cultura, ideología vehiculada por los medios. Esto ha hecho que se pierda la concepción del cine como lenguaje artístico, porque transmite visiones estereotipadas del mundo bajo las cuales se mantienen con vida los ideales más nefastos para el desarrollo humano. El entretenimiento que ofrece la televisión se basa en la distracción fácil, la que no da lugar a la reflexión. La espectacularidad que permite la televisión, con el uso de imágenes y sonido seduce al espectador y lo hace sentir satisfecho en un manto de superficialidad. ¿Ha hecho eso con nosotros la televisión, tendemos a la  superficialidad?

 En 1953, cuando la televisión empezaba a extenderse y asomaba en nuestra sociedad la amenaza de la soberanía     de la cultura de la imagen, Ray Bradbury publicó su obra Fahrenheit 451, una distopía basada en el rechazo de lo escrito y el triunfo de la seducción televisiva.  La novela fue llevada al cine en 1966, del la mano del francés François Truffaut. En el film llama la atención, desde el principio,  que no hay créditos, todo es oral. En la sociedad de Fahrenheit 451  los encargados de mantener la jerarquía social son los bomberos, y lo hacen evitando la lectura, quemando todo documento escrito. El protagonista, Montag, es uno de los guardas de la “seguridad y el orden”,  que entran en las casas donde los ciudadanos esconden libros, historia, memoria, cultura, ideas; que es lo que los  bomberos han de destruir. La televisión es el medio dominante, a través del cual  los ciudadanos sienten que son parte de una comunidad que cuida de ellos, de su bienestar y sus deseos.  Pero esos deseos son inducidos por los noticiarios, que se refieren a los libros hablando de “elementos insociables”.  Los periodistas dan las pautas para las relaciones sociales, la programación lo reduce todo a los asuntos más cotidianos, sobre los que aconsejan al espectador. Los periódicos no están prohibidos, pero son todo imágenes ¡nada escrito! Aunque Montag se dedica a colaborar con la destrucción de la cultura escrita,  Ve en su esposa la ausencia de sentimiento, de apego a su experiencia y se da cuenta de que vive en la apariencia, en un vacío insostenible. “No os interesáis por nada, no vivís, sólo matáis el tiempo”.  Ella vive convencida de la peligrosidad de la lectura y del individualismo, está, siempre que puede, pendiente de la televisión. Montag  decide leer, empieza a hacerlo todas las noches. ¿Por qué? ¿Falta de respuestas, una vía de escape? En cualquier caso, la lectura es una búsqueda y una liberación. Montag  enfrenta sus pensamientos a los de su jefe, que  defiende que “los libros hacen creer a la gente en otro posible modo de vida, que no es posible”, “quien lee se siente superior a quien no lo hace”, “sólo se alcanza la felicidad estando todos al mismo nivel”.  Ante estas respuestas, Montag comprende que ha estado colaborando con una homogeneización en la ignorancia y  cuando ve peligrar sus libros justifica la violencia diciéndose: “el sistema debe destruirse a sí mismo”. Para salvar su causa lanza fuego contra el jefe del cuerpo de bomberos, lo deja morir ardiendo. Tras esto, los medios, que dicen a la gente lo que espera para no romper la “estabilidad”, anuncian su captura: “su crimen ha sido castigado”. Pero Montag entra en el mundo de los lectores, que viven al margen de la mayoría. En su aislamiento, se hacen llamar por el título del libro que han elegido y que también queman. Conservan los libros donde nadie puede encontrarlos, en el pensamiento,  en el recuerdo, que es el idioma de los sentimientos.


También V, el personaje que Alan Moore creó en 1980 para su novela gráfica,  V de Vendetta, justifica la violencia para defender la justicia, se apoya en la venganza. La historia, otra  distopía,  llegó a la gran pantalla en 2006, de la mano de James McTeigue. La imagen de V es la de Guy Fawkes,  personaje que forma parte de la historia británica del siglo XVII,  por  intentar volar el parlamento  para acabar con el Rey  el 5 de noviembre de 1605. Fue un acto de venganza en defensa de los católicos, que habían sufrido la represión del gobierno de la reina Isabel I. El film V de Vendetta   muestra la confrontación entre dos ideologías radicales, el anarquismo y el fascismo. Tras una III Guerra Mundial,  Inglaterra queda dominada por una dictadura que controla la sociedad y cuyo principal  objetivo es la sumisión. Los medios colaboran con los soberanos, desinforman para ocultar las estrategias y planes del gobierno.  Los periodistas aparecen como manipuladores e interesados, que basan su trabajo en mantener el orden social impuesto.  El poder valora y protege la información por encima de todo, son palabras del “canciller”, representado en el film por John Hurt: “La seguridad de ésta nación depende de un total y completo acatamiento. La seguridad de la información es primordial” (1:47).

George Orwell

Algo similar  sucede en la sociedad de 1984  la, también distópica,  novela de George Orwell que fue escrita en 1948 y se llevó al cine en el mismo año que le da nombre, bajo la dirección de Michael Radford.  George Orwell, que además de escritor fue periodista, murió en 1950 y escribió 1984 en sus últimos años de vida, cuando los totalitarismos de Hitler, Stalin, Mussolini y Franco estaban recientes, y el capitalismo cogiendo fuerza y amenazando con ser el futuro dominante social. 1984 es una visión muy cruda, llámese pesimista o  realista, de las consecuencias de la fuerte represión a la que se vio sometida la sociedad civil.    En  la realidad que muestra Orwell, el poder, para homogeneizar a sociedad y hacerla su súbdita, limita y manipula la información, pero además  ataca directamente al lenguaje. Se establece en  la civilización la “neolengua”, que consiste en prescindir del mayor número de palabras posible. Sin su expresión se pierde su comprensión, de modo que muchos conceptos no existen para las mentes del “doblepensar”. El  objetivo del “Partido”es,  al igual que el de los bomberos de Ray Badbury, igualar al máximo el pensamiento de los ciudadanos.

En unas pocas décadas nuestra sociedad fue solidificando la cultura de la imagen. Mediante lo que la Teoría de la Comunicación ha definido como “secuestro o mediación de la experiencia”, la información ofrecida consigue que los deseos de Winston (1984) sean los propios objetivos del Partido, disfrazados, inducidos. Y lo mismo hace V, que, dirigiéndose a toda la ciudad a través de la televisión, consigue el apoyo a la violencia que defiende y que lleva a cabo. También la esposa de Montag condiciona su existencia a lo que recibe de la televisión          Se da un tipo de comunicación funcional, que favorece intereses “comunes”,  políticos.   ¿Os suena? Quizá esa instauración de la cultura de la imagen no sea un inocente componente del Estado de Bienestar.  Aunque en un contexto de ficción,  Fahrenheit 451, 1984 y V de Vendetta, reflejan la afirmación de Nicklas Luhmann de que los medios de comunicación masivos construyen el mundo, distorsionando nuestra percepción de la realidad. Los medios forjan elementos comunes, posibilitando así una vida social organizada.  Según Luhmann, los medios privilegian lo nuevo, cortando el vínculo entre presente y pasado. En la vida real, en nuestra sociedad, no hay pantallas y micrófonos que nos vigilen constantemente, ni bomberos quema libros. Pero eso no quiere decir que no nos vigilen. El capitalismo se adueña de nuestro tiempo de ocio a través de los medios de comunicación de masas, que convierten nuestro tiempo en dinero. Así funciona el sistema que nos gobierna, los medios nos proporcionan el sentimiento de comunidad, el valor homófilo, la búsqueda de la identidad en el resto. Ocupados en el afán por encontrar la seguridad, creemos que somos libres porque podemos elegir entre ciertas “comodidades”, tras las cuales el sistema oculta su intención de control, de homogeneizar las opiniones y crear falsas necesidades que mantengan con vida el ideal del consumismo.                                                                                                                                                                                                                                                                 El sistema no nos permite no elegir, no consumir o no producir. Casi sin darnos cuenta, adoptamos los valores y deseos que la máquina capitalista, de forma sutil, nos impone y que limitan nuestras expectativas. Tenemos interiorizada la búsqueda de la seguridad. Se trata de la servidumbre voluntaria que caracteriza a nuestra sociedad. Lo que Armand Mattelart define como  “reglamentación y restricción de la vida afectiva, self-control o autocoacciones”.  Somos así “un eslabón más de la máquina disciplinaria”. En este sentido, no somos tan diferentes de los proles de la novela de Orwell . Visto así,  los medios de comunicación, que son los que han de velar por las libertades de información y expresión de los ciudadanos y por una sociedad justa, suponen un obstáculo más hacia la libertad. Pero no podemos generalizar y echarles la cruz encima a los medios en general y a los periodistas en particular. Claro que cada vez más, con la amenaza que supone para el periodismo la libre información que permite internet,  los contenidos que ofrecen los medios están condicionados por la presión de quienes los avalan. Toda información esconde algún interés, pero no todo interés está dirigido a minar las libertades de los ciudadanos. Siempre ha habido, hay y habrá buenos periodistas, dispuestos incluso a arriesgar su vida por destapar la verdad y ofrecérnosla a todos. Por eso, los ciudadanos, para ponernos en el camino hacia un mundo más justo, debemos esforzarnos en la tarea de selección de la información, tener criterio a la hora de dejarnos sugestionar y confiar en los profesionales de la comunicación. El buen periodismo no depende de su soporte, sino de la selección de sus fuentes informativas, la calidad del contenido con el que trabaja y, por supuesto, su interés público. El problema es que las repuestas que buscan los ciudadanos, muchas veces, están custodiadas por las instituciones gubernamentales, dificultando el trabajo de los periodistas.

De lo que no cabe duda es de que,el Gobierno, al igual que las empresas, ve en los medios un instrumento muy útil para alcanzar sus objetivos. Por eso, como ciudadanos, hemos de tener criterio, que no todo es información.

Tania Martínez Tomás

@TaniaMartnezTom

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